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El que muestra valor en temeridades,
    perece.
El que muestra valor sin ser temerario,
    se queda en la vida.
De estas dos, 
    una de las formas tiene ganancia,
    la otra daño.

¿Pero quién sabe la razón por la que el cielo odia a uno?

Así también el llamado: Ve las dificultades.

El sentido del cielo no pelea
    y sin embargo es bueno en vencer.
No habla
    y sin embargo encuentra.
No hace señas
    y sin embargo todo viene de sí.
Es reposado
    y sin embargo es bueno en planear.

La red del cielo es de malla totalmente ancha,
  pero no pierde nada.
    


Al principio es un trozo más en el que se recomienda la prudencia (el temor) y la humildad para vencer, y casi todo el resto del trozo vuelve a describir al supuesto sabio y cómo con su prudencia y su comedimiento vence, alcanza y planea. Aunque en vez del "llamado", habla en un párrafo del "sentido del cielo" como el que hace todas esas cosas. El sentido del cielo está ocupado en sacar de sí a "todo" y que nada queda fuera: "la red del cielo (...) no pierde nada".

Toda esta apoteosis de la totalidad, de lo controlado, de Dios, de sabiduría, sin embargo, está rodeando en el testo una frase que difícilmente encaja con lo demás. Es una pregunta: "¿Pero quién sabe la razón por la que el cielo odia a uno?".

Esta pregunta, como toda pregunta, puede intentar solucionarse o dejar que pregunte sin fin, deshaciendo la fe por la que pregunta: atacando lo que se sabe: dudando, en este caso, de que ni en el cielo mismo haya razón alguna que guíe lo que va pasando; que lo que se pueda decir "un mal destino", "un mal suceso", no tenga motivo, no tenga causa ninguna (y, por tanto -añadimos nosotros- hasta la propia definición o acotación de "uno" y de "su destino" queden sin fondo en el que apoyarse; queden abiertos y desconocidos, uno mismo y su destino, del que ya no se puede decir si es para bien o para mal de ese "uno", porque uno ya no es uno).

Esto parece que sí suena en esa frase rodeada de la doctrina que salpica todo el libro.